Me recorre todo el cuerpo, no sé describirlo. Pasea por el corazón, provocando mareas, terremotos y otros cambios. Haciéndose de notar, haciéndose de escribir, de rogar. Queriéndome demostrar que lo fácil cansa y lo difícil seduce. Escucho sonidos extraños, inaudibles, que me llegan de lo más hondo de mi ser. Y tengo miedo, porque temo perderte a ti y tus miradas. Pero no es pavor, es algo difícil de describir tan solo con palabras. Me he aferrado a ti y a tus palabras, adicto y pasando el mono si no hablamos nada. Me gusta hablar contigo, que te cobres tus deudas, que me hagas sudar con preguntas. Que me hagas sentir esto. Y lo que me hace ahora sentir beberme un zumo de piña, oír la lluvia, o simplemente la calma de la noche. Y la ansiedad porque llegue el día, aunque sean instantes y de mala manera. Y sea un mal conversador, salvándome un poco por el teclado y las entradas...
¿Me entiendes? Es complicado de explicar, más bien imposible. El querer saciar mi sed. Siempre nos quedará M... y aquellos espejos llenos de miradas infinitas. Y pensar que todo empezó con un par de preguntas... y espero no ver un punto y final para nuestra historia clandestina. Porque te echaré en falta, te echaré de menos, sentiré todas las noches que me falta algo, como ese dulce después de las comidas. Tú eres mi dulce después de cada día. Endúlzame.
Quiero poder describir este sentimiento inefable, expresártelo. Y este es mi único gran anhelo.
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